«No lo entiendo, pero ¿cómo habla Dios?»

Dicen que los niños y los borrachos siempre dicen la verdad, no sé si es más leyenda que realidad, pero bueno. Mi experiencia dialogando con niños (y no tan niños), es que sus aplastantes razonamientos lógicos hacen que me cuestione cosas que he asumido como normales.

Me explico. El pasado curso fui invitado a compartir vida con un grupo de jóvenes. Querían que les explicase qué es la vida religiosa y concretamente como vivo yo mi vocación y mi ser misionero. La edad para que te hagas una idea rondaba los 14 – 15 años.

Como podéis imaginar, a priori, explicar la teoría de qué es y qué no es la vida religiosa a nivel teórico es un rollo morollo. Lo que sí que les gusta conocer es la vida diaria de quien la vive. [Sí, se les activa el mismo mecanismo que a las marujas cuando cotillean sobre la vida privada del barrio y de todo el famoseo].

Que me enrollo, ¡al grano! Allí estaba yo, iniciando mi testimonio, cuando a los pocos minutos de comenzar digo: «Y fue entonces cuando tomé conciencia de que Dios me llamaba». Acto seguido levanta la mano una chica y pregunta con voz dubitativa:

«Bueno, pero yo no entiendo eso de que Dios te llama, ¿cómo habla Dios? Quiero decir, ¿oyes su voz de alguna forma o cómo va eso?

Elocuente pregunta, acertadísima cuestión. Puede parecerte muy simple pero tiene mucha miga. Yo ya, con mi mente deformada por el estudio digo con facilidad que: «Dios me llamó, Dios te llama, bla bla bla…». Sin embargo, ¿cómo puede llamar alguien que no se ve, no se toca y no se oye con estos oídos? ¡Si hasta se discute su existencia!

Ahora soy yo quien te lanza una pregunta: ¿Cómo alguien que es un misterio, que no se materializa en nada contemporáneo a ti que pueda pronunciar un sonido entendible, puede decirte qué quiere de ti o qué no quiere?

La cosa es seria. Tienes permiso para desabrocharte el primer botón de la camisa del agobio que te esté pudiendo entrar. El mismo que a mí me entró cuando me lo preguntaron e hice mis cálculos mentales para intentar traducir las certezas que tengo en palabras entendibles.

Y hasta aquí el post de hoy… ¡NOOOOO! No seré tan traviesillo. Lanzar la piedra y esconder la mano ¡nunca! Aquí a dar la cara.

Por mi parte, y queriendo responder a la cuestión, tengo una imagen o analogía para expresar mi relación con Dios y todo lo que atañe a ella. Como cualquier analogía (comparación para los de la LOGSE), tiene más de disimilitud que de similitud pero bueno, a mi me ayudan más las parábolas e imágenes que Jesús empleaba, que todos los libros de teología que se han escrito así que… ¡adelante!

Mi relación con Dios podría asimilarse a mi relación con cualquiera de las personas especiales de mi vida (que no sean familia, ahora verás por qué). Digamos que en un primer momento te conoces, te cae mejor o peor. Empiezas a idealizarla como si dicha persona fuese tal y como tu quieres que sea. Pasa el tiempo, convives con esa persona, vives momentos especiales junto a ella, y gracias a todo ello va desmontándose tu imagen ideal de la persona, la máscara que le has construido, y va quedando lo que la otra persona es en sí misma. Comienzas a quererla no por lo que te ofrezca, te de o te haga sentir. La empiezas a querer simplemente por lo que es. La amas como es y quieres lo mejor para ella. Sabes que ella también quiere lo mejor para ti.

Te estarás preguntando en este momento: «Bueno José Enrique, muy bonito todo, escribe un libro si quieres pero tu descripción no soluciona la pregunta que te han hecho de “cómo Dios llama”». Tranqui porque voy a ello. Dios, a diferencia de tu pareja o tu amigo o amiga, no se encierra solamente en un cuerpo, sino que te habla desde muchas voces a tu alrededor y te confirma en el corazón. Dios habla desde su Palabra, desde los diferentes sacramentos, desde la oración, desde la boca de personas que te quieren, desde sentimientos, desde intuiciones, en definitiva desde todo y todos los que componen tu historia de vida. No es tan evidente ni claro como la voz de una persona. Pero: «¿Acaso la voz de tu pareja es clara y concisa? ¿Acaso la voz de tus amigos también lo es?». Si siempre hay lugar para la duda. Y en cuestiones de fe, la duda es su motor. En cuanto tienes demasiadas certezas, apaga y vámonos porque Dios no se repite. Igual que quien se cree que lo sabe todo es que no sabe nada, quien se cree que sigue al 100% la voluntad de Dios es que no escucha su Palabra.

Igual que quien se cree que lo sabe todo es que no sabe nada, quien se cree que sigue al 100% la voluntad de Dios es que no escucha su Palabra.

Dicho esto, como puedes imaginar, llegó un momento en mi vida que miré hacia atrás, encajé todas las piezas de mi historia y vi claramente (con la claridad que da la paz del corazón, no mucho más), como Dios quería que iniciase este camino de ser Misionero Claretiano. Poco a poco, día a día, dicha llamada se ha ido confirmando y ratificando con esa Paz del corazón que solamente puede darte el ser aquello que has nacido para ser.

¡Eah!, pues ya está. Un post un poco largo y enrevesado pero bueno, como siempre me gusta decir: «Sólo escribo uno post si el corazón lo encarga». Eso conlleva escribir como salga del corazón.

 

Sin más se despide un misionero que está pensando en proclamarse la reencarnación de Dios en la tierra, conseguir un grupo de seguidores fanáticos y vivir del cuento el resto de la vida… (¡Noooo! ¡Es broma! Eso sería una secta y no queremos sectas. Dios sólo hay uno, el resto torpones mensajeros en la barca de Pedro).

 

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