Somos gracias a otros

Mi profesor de moral (tanto moral fundamental como moral de la persona), en Granada, siempre decía:

«¡Somos gracias a otros! Esas personas que dicen “yo solo he llegado hasta aquí, no debo nada a nadie”, son sencillamente unos inconscientes, no saben lo que dicen».

Hoy traigo un post de agradecimiento, que es lo que me brota desde el corazón en este momento. Los que me conocéis desde hace tiempo sabéis que he sido un «eterno estudiante». Desde que tenía 3 años hasta el 2017 he estado dedicado principalmente a estudiar. A principios de este año tomé conciencia del cambio de etapa tras finalizar mis estudios (por ahora) y dedicarme este curso a un año de experiencia pastoral.

no puedo sino AGRADECER una a una las personas que han sido IMPRESCINDIBLES para poder finalizar estos estudios

Durante las últimas semanas he ido a recoger los títulos ya firmados, sellados y timbrados convenientemente (listos para enmarcar ¡vamos!) y de nuevo he hecho memoria del camino recorrido. Acercarme a las Facultades de Derecho y de Económicas y Empresariales me ha hecho recordar tantos momentos vividos en ellas. Y ahora, tras ir a secretaría a recoger ese papel que certifica mis estudios, no puedo sino AGRADECER una a una las personas que han sido IMPRESCINDIBLES para poder finalizar estos estudios civiles. (He tenido muchas personas imprescindibles también en mis estudios de teología, pero imagino que viviré el momento «melancólico» cuando vaya a recoger el título a Granada).

Aún no se como he llegado a esta situación de cerrar ambos expedientes. Bueno, mejor, sí lo sé, ha sido un auténtico milagro.

tras ir a secretaría a recoger ese papel que certifica mis estudios, no puedo sino AGRADECER una a una las personas que han sido IMPRESCINDIBLES para poder finalizar estos estudios civiles.

El pasado jueves, el Equipo de PJV animábamos la sesión del grupo de jóvenes universitarios de la parroquia de Sevilla y hablábamos sobre los milagros. La definición de milagro que ofrecíamos era la de Karl Rahner:

«Hay milagro en el sentido teológico allí donde, para la mirada del hombre creyente y abierto al misterio de Dios, la configuración concreta de los acontecimientos constituye un signo de la benevolencia de Dios para con los hombres»

Que traducido al cristiano, para entendernos, quiere decir que: «Hay un milagro cuando tú, desde la fe, ves que lo que ocurre a tu alrededor es una muestra de que Dios te ama incondicionalmente».

Miro hacia atrás y pienso en la cantidad de personas que han tirado de mí para acabar con ello:

[Nota previa: hablaré en masculino porque la RAE recoge el masculino plural para hablar de hombres y mujeres, ¿discriminación? hasta que se aclare el asunto, lo uso por economía del lenguaje. En algunos casos dicho plural recoge más mujeres que hombres].

  • Compañeros de clase (y de otras clases) que generosamente me han explicado materias que no entraban en mi cabeza, me han prestado apuntes porque los míos eran un desastre, me han prestado resúmenes y esquemas que porque yo iba pegado de tiempo, me han chivado preguntas que solían caer o pasado exámenes pasados y gracias a ellos pude aprobar. Tal generosidad ha llegado a extremos donde incluso (y queda mal decirlo), mis compañeros me ofrecieron escribir mi nombre en un trabajo en grupo en el que no había hecho nada (porque no estaba), ya había dejado dicha asignatura para septiembre. Ellos generosamente compartían su nota conmigo para que me contase de cara a ese examen de septiembre y me fuese más fácil. ¿Acaso puedo merecer yo tanta generosidad? Compañeros de clase a los que no sólo cuando compartíamos curso, sino aún más cuando me fui a Granada a estudiar, los tenía fritos. (Quedadas en Sevilla donde me daban apuntes, prácticas, me explicaban cosas que no entendía…). Una bondad infinita que han tenido conmigo, la cual no podré corresponder nunca jamás.
    ¿Vas entendiendo que no soy un genio y que hay mucha gente detrás, verdad? Pues sigue leyendo.

¿Acaso puedo merecer yo tanta generosidad?

  • Profesores a los cuales, siempre que uno es alumno, los castiga criticándolos y hablando mal de ellos: si son blandos porque no se aprende, si son duros porque no te aprueban, si faltan a clase porque pasan de nosotros, si nos exigen siempre dar clases porque no nos dan días libres como otros… Eternos incomprendidos. Gracias con mayúsculas a todos los profesores que se volcaron conmigo y mostraron que apostaban por mí, porque yo aprendiese. Aquellos que, cuando dejé de ir a clase porque fui al «seminario claretiano», me acogían generosamente y orientaban para trabajar las asignaturas. Contestaban a mis correos, me resolvían dudas. Incluso llegaron situaciones en que me pusieron en contacto con alumnos suyos para yo poder tener un enlace con el ritmo de la clase, ¿acaso merecía yo eso, un alumno en el «exilio» cuya situación no encajaba con el plan docente que la universidad exigía a los profesores? Pues no, y gratuitamente me apoyaron sin cesar. Yo ponía todo de mi parte, durante toda la carrera nunca tuve esa suerte de recibir el típico «aprobado general», aunque sí que sospecho que más de un aprobado que recibí se basó más en mi trabajo y esfuerzo que en realmente lo que pude mostrar en el examen. Hay que ser honestos… daba todo lo que estaba en mis manos, pero muchas veces (a mi juicio) era muy justo o incluso insuficiente para un aprobado. Pero fui paso a paso y gracias al apoyo de tantos profesores, salí adelante.
  • Familias, qué decir. Si no te apoya tu familia, ¿qué queda? Mis padres siempre preocupados por querer lo mejor para mí. Pendientes de todo, cuidándome y sufriendo por mí. Mi congregación, también preocupados, queriendo lo mejor para mí. Cuidándome y sufriendo por mí. Y yo en medio de las dos jajaja, sin tener del todo claro qué era lo mejor para mí.

Muchos momentos en los que me he encontrado cerca de tirar la toalla. Muchas noches de insomnio, soledad, preocupación, y mucha, mucha presión. Pero no todo fue así, también experimenté en este camino muchísimos momentos de profunda felicidad, fraternidad, de sentirme profundamente querido y apoyado sin yo merecerlo.

Aunque parezca extraño, ha sido una experiencia de fragilidad

Aunque parezca extraño, ha sido una experiencia de fragilidad, de ser plenamente consciente de que no, yo sólo no soy capaz de esto. Soy gracias a los demás. Soy gracias a que mi compañera me dejó los apuntes, el profesor accedió a que fuese a tutoría y me orientase, que mi comunidad me liberase para estudiar un tiempo antes del examen, que mis padres estuviesen pendientes, apoyándome e hicieran gestiones en la universidad de mis matrículas, etcétera.

¿Y ahora qué? Pues constato que por muchos títulos que tenga, soy más consciente de la pobreza que tengo, lo poco autosuficiente que soy, lo débil y necesitado de los demás. Por lo tanto, me siento más humano. Y ¡ojo! esto no va de ir dándose latigazos, pues el trabajo duro por mi parte está puesto, pero sí que va de reconocer que uno sólo no va a ningún sitio.

Supongo que si he tardado más de 10 años en ir llegando a esta conclusión, necesitaré unos 20 más asumirla con todas sus consecuencias.

Esta publicación va dirigida a todos los profesores que he tenido, todos los compañeros que me han apoyado, y cómo no, a mis familias por ser el colchón desde el que mirar hacia adelante. Todas las personas que he conocido por este camino son buenas como ellas solas, tienen un corazón que no les cabe en el pecho (aunque algunas lo escondan muy bien bajo una fachada un poco antipática jejeje). Ante todas ellas sólo puedo decir gracias.

Sin más se despide un misionero con el corazón lleno de nombres que resume su existencia en una frase: GRACIAS por tanto amor inmerecidorecibido.

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