Fotografía de Christian Kaindl

A Dios lo mató el sofá

Me estoy haciendo mayor. El pasado viernes fui consciente cuando en lugar de irme con un colega una pizzería a comer hasta reventar, fui invitado por un matrimonio amigo a su casa. De comer ingentes cantidades de comida basura, a ser deleitado por exquisitos manjares (vino, queso, tortilla casera, solomillo). Sí, me estoy haciendo mayor, bendita vejez.

Hoy os traigo algo que tratamos en esta cena de la que os hablo. Por la mesa del comedor desfilaron múltiples temas, mas uno de ellos se ha clavado como un pequeño aguijón dentro de mí: «Oye José Enrique, me he dado cuenta, con esto de la visita del Papa a Chile, que los países más “evolucionados” u “occidentalizados” de América Latina, son curiosamente los más secularizados. ¿Crees que hay cierta correlación entre el nivel de vida y la apertura a Dios? ». Tan sólo pude responder: «Mmmmmm pues ahora que lo dices, sí. Resulta francamente interesante…».

Sé que el aumento del secularismo es algo muy complejo, pero me aventuraré a simplificarlo desde un par de elementos: la seguridad y la comodidad.

Sé que el aumento del secularismo es algo muy complejo, pero me aventuraré a simplificarlo desde un par de elementos: la seguridad y la comodidad. Lo siento, no soy un erudito ni un genio. Yo tengo que acercarme a la realidad desde elementos sencillos que me iluminen para saber hacia dónde caminar.

Dicho esto, voy a desvelarte algo que poca gente sabe: «La fe no es algo que uno logre por sí mismo, sino que nos viene dada, es un regalo que sencillamente acogemos como podemos». ¡Qué! ¿no lo sabías? Pues esto es del capítulo 1 apartado A del cristiano, te veo mal… haz algún curso de reciclaje ¡YA! jajajaja. Bueno, pues este hecho de que «nos viene dada» requiere que estemos abiertos a recibirla. ¿Puede alguien recibir un regalo si está acomodado y considera que no le falta de nada? ¿Puede alguien conocer a un nuevo cantante si se siente ya satisfecho con la música que escucha? ¿Puede alguien descubrir un país si, considera que su ciudad es lo mejó der mundo entero y que no necesita viajar? Imagino lo que estarás pensando: «¡Denle un premio a este hombre, es un genio!»,  de acuerdo, pero por más simple que te parezca, tiene profundas repercusiones para la vida de un cristiano que quiera tomarse en serio eso de ser buscador de Dios en el siglo XXI.

Analizo mi vida como misionero en prácticas y me digo… ¿seguridad? No tengo nada en propiedad, pero tengo todas las necesidades básicas y no tan básicas cubiertas. ¿Comodidad? Hombre, el cuerpo siempre pide más: la comida siempre puede ser mejor, la habitación también, los muebles, los horarios, los coches, mi móvil, mi ordenador, etcétera. Pero bueno, ahora mismo, en el lugar que he sido destinado sería poco honrado quejarme. Veo cómo se vive en la inmensa mayoría del mundo, de España y si me apuras sencillamente mi barrio. No puedo más que dar gracias a Dios y su generosidad a través de tantas personas y tantos hermanos de Congregación para conmigo.

Me viene a la mente siempre que pienso en estos temas una #PalabradeGod

Me viene a la mente siempre que pienso en estos temas una Palabra (sí, con mayúsculas, porque no es mía, es #PalabradeGod):

«Conozco tus obras: No eres frío ni caliente. ¡Ojalá fueras frío o caliente! Por eso, porque eres tibio, te vomitaré de mi boca. Tú andas diciendo: Soy rico, estoy lleno de bienes y no me falta nada. Y no sabes que eres desdichado, digno de compasión, pobre, ciego y desnudo». (Ap 3, 15-17)

 

Apocalipsis 3, 15-17

Ni frío ni caliente, tibio. Pienso en mis adentros: «Vivo bien, no me puedo quejar. Podría vivir de forma más evangélica, pero bueno, las personas se admiran de mi capacidad de sacrificio actual así que… ¿para qué renunciar a más comodidades por la misión?». Como puedes imaginar, esa vocecita que me dice eso es la de la mediocridad. Soy pobre cuando cedo mi corazón a las comodidades que me rodean, ciego cuando el querer lo espectacular no me deja ver a Dios en lo ordinario, pequeño e insignificante y cómo no, en la cruz (cosa que sigue costándome aceptar), y estoy desnudo muchas veces, ya que por mucho que vista mi persona de máscaras, Dios es el único que escruta los corazones y puede ver lo que ni uno ve de sí mismo.

La publicación de hoy es breve, pues cuando Dios habla, los que estamos en prácticas sobramos…

 

Se despide un misionero que sabe qué tiene que cambiar, la pregunta es cuándo lo hará.

PD: os pido que oréis por este matrimonio amigo que me acogió en su casa, les prometí que se lo dedicaría a ellos y a su preciosa hija. #Dondecabentrescabencuatro. :D!

3 comentarios en “A Dios lo mató el sofá

  1. ¡Genial! Me ha encantado tu reflexión abierta. Yo mato la sed de Dios cuando me instalo en la que creo que es mi «zona de seguridad» y no existe falsedad ni engaño mayor que ese. Dejo que me carcoman los pensamientos tristes y me supera la pereza. Cuando me pongo en movimiento para ir en busca de Dios, o mejor dicho, cuando permito que Dios en su infinita Misericordia me levante, mi corazón sonríe, vibra y se llena de una alegría especial que no la da nada en el mundo. Esos momentos son felices en la inmensidad, nada es limitado, solo yo, pero estando con el Señor es maravillosa esa limitación que me hace depender de Él y a la vez disfrutar a la sombra de sus alas. ¡Esa sí que es Zona de Seguridad! Muchas gracias.

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