Ya ha comenzado el 2018, tras un merecido descanso aquí llega el primer post del año. Tenía otro preparado, pero no puedo dejar pasar la conversación que tuve ayer con un amigo durante la cena. No digo su nombre no le he preguntado si le importa que lo cite. Por el bien de nuestra amistad quedará anónimo en este post.
Por contextualizar, mi amigo es una persona religiosamente inquieta, cristiano convencido que, como se suele decir en la calle, es «practicante». (Sí, estúpida expresión como pocas, ¿acaso se puede ser cristiano sin que tu vida cambie en nada?, vamos, como si yo dijese desde ahora: «soy vegano» y siguiese comiendo lo mismo, los veganos dirían rápidamente: «¡Tú no eres vegano ni eres nada, no mientas ni ensucies nuestro nombre!», pero bueno, creo que así nos entendemos mejor).
Llevábamos una conversación interesante acerca de la religión en el mundo, la vivencia de las personas de la misma, etcétera, y en un momento de la conversación se detuvo, me miró a los ojos con sinceridad y me dijo con la nobleza que le caracteriza:

«Jose, espero no ofenderte con lo que te voy a decir, pero creo firmemente que la Iglesia se está quedando muy atrás. Tiene que hacer algo con las eucaristías, ¡no dicen nada a nadie! Entras en la iglesia, te sientas en un banco durante 40 minutos en los que como mucho repites oraciones de memoria, o te levantas y sientas para no dormirte. Escuchas al sacerdote que repite fórmulas como un loco y, en la homilía, habla de lo que le de la gana. Además, por muchos disparates que digan algunos, no puedes hacer nada más que tragártelo y punto».

«Escuchas al sacerdote que repite fórmulas como un loco y, en la homilía, habla de lo que le de la gana…»

Conforme lo escuchaba me decía a mí mismo: «Cuanta sabiduría en tan pocas palabras». Es la mejor descripción de la eucaristía que he escuchado en mucho tiempo. Desde que entré a misionero claretiano, noto como muchas realidades de la Iglesia y del cristianismo empiezo a considerarlas como algo que no se puede modificar. Algo que sencillamente es así, que tal vez sería bueno que cambiase pero ¡qué le vamos a hacer! Sin embargo, escuchar sus palabras me hicieron despertar y decirme a mis adentros: «Tiene más razón que un santo, no hay por donde cogerlo».

He estudiado que la eucaristía es una celebración hermosa aún por descubrir, ¡ya va siendo hora!

He estudiado que la eucaristía es una celebración hermosa aún por descubrir. Desde mi ser misionero en prácticas, creo que resulta totalmente vigente  el  Ordo Missae  que, para quien no lo sepa, se trata del documento de la Iglesia católica donde se recoge las líneas generales de cómo realizar la eucaristía, sus fórmulas, variantes, «ritos» dentro de la celebración, etcétera. Se trata de un marco celebrativo, es decir, que hay muchísima variedad y riqueza litúrgica que llevar a la práctica.
Esta variedad y riqueza choca fuertemente con la realidad que acontece cada domingo en las Iglesias españolas. Si uno se da un paseo por cualquier eucaristía… ¡madre mía! ¡vaya truño absoluto! El panorama es asolador en la mayor parte de las iglesias. Como siempre ,hay excepciones que brillan por su buen hacer, pero mi percepción aquí en la España que conozco sería algo así:

  • Decides la Iglesia donde la misa sea más rápida o el sacerdote más carismático. No piensas en la comunidad eclesial, total, todos son extraños.
  • La disposición de la Iglesia es igual que una clase, el maestro elevado en una tarima frente al resto. Tú te sientas y esperas a ver qué te enseña.
  • Te sientas y te pones a pensar en tus cosas.
  • Espabilas cuando llega la homilía en la que el sacerdote te cuenta un rollo ajeno a tu vida, cuando no te echa una bronca, te habla del «sexo de los ángeles», o sencillamente dice cualquier disparate al que no hay posibilidad de réplica ni queja. ¡Hojas de reclamación ya!
  • Llegan las peticiones y sueltan una retahíla de frases subordinadas, largas, teológicamente completas, vitalmente vacías, en las que uno piensa: «¿De verdad lo que pedimos es lo que Dios quiere de nosotros?» y aún más lejos, detrás de tanta petición «¿no querrá Dios contar con nosotros para que se haga realidad lo que le pedimos?».
  • Llega la paz, y te animas un poco dando la mano a los que tienes alrededor, un abrazo, u otro gesto de cariño. En los países latinos es la mejor parte de la misa, sí, nos gusta el sobeteo, hay que reconocerlo, no pasa nada :D.
  • Hora de comulgar, tomas el cuerpo y la sangre de Cristo y listo, corriendo para casa que ya has cumplido. Date prisa al salir no vaya a entretenerte alguna anciana para hablar a la salida de la iglesia.

Una caricatura que, a mi humilde tender, dice más verdad que la que calla. Me pregunto: «¿Dónde queda la comunidad convocada por Dios? ¿que hay de la «celebración de acción de gracias» por antonomasia?».
Falta vida, y el problema no lo simplificaría a que el rito latino en la Iglesia católica hay que reformarlo. En Zimbabue, según me cuentan los hermanos que han estado allí de misión, las eucaristías son sencillamente increíbles. Una Iglesia viva, festiva, donde esta celebración es el momento cumbre de todo un día de convivencia comunitaria. No es un ir para cumplir.

En Zimbabue, según me cuentan los hermanos que han estado allí de misión, las eucaristías son sencillamente increíbles.

Concluyo pues, de nuevo, alabando la descripción de mi amigo. El modelo de misa que actualmente se vive aquí está agotado. Hay que renovarlo, no en el papel (que poco cambia las cosas), sino en las propias comunidades eclesiales.
Sí, venga, dímelo, no hay problema, sé lo que estás pensando:

«Muy bonito eso de que el cambio venga de las comunidades eclesiales José Enrique, pero ten en cuenta que la mayor parte de los asistentes a las eucaristías tienen más de 70 años de media,  los más jóvenes miran hacia otro lado diciendo «yo creo en Dios pero no en la Iglesia», muchos sacerdotes con energía son destinados a atender 3, 5 o 7 parroquias y por si todo esto fuera poco, encima encontramos la dificultad de que más obispos de los que quisiéramos los fieles, no promueven a los sacerdotes que crean comunidad eclesial sino que promueven a muchos que buscan su propio interés y que incluso destruyen comunidades… ¡escribir un artículo desde fuera es muy fácil!, pero ahora enserio y siendo prácticos ¿qué sugieres que hagamos para lograr esta renovación de la eucaristía?».

Pues con la sinceridad que me caracteriza en estos casos, te diré que no tengo ni la más remota idea. Desde mi corta perspectiva, esta regeneración o como suelen decir ahora «reconversión pastoral», no se logrará con una actitud  simplista e ingenua basada tan sólo en rezar y esperar a que ocurra. Si hay alguna posibilidad (que siempre la hay), se realizará orando con fe y actuando con decisión. Para construir esta nueva Iglesia con la que soñamos, impregnada de evangelio, viva y que dé testimonio, no se puede desaprovechar ni un sólo ladrillo. Así que tú que estás leyendo esto, ponte las pilas al igual que yo intento ponérmelas y arrimar el hombro. Y cómo no, «quien no llora no mama», hay que «apretarles las tuercas» (es decir, exigirles) a aquellos que presiden las comunidades eclesiales, párrocos e incluso obispos porque su forma de servir marca fuertemente la vida de la Iglesia. Esos dos procesos para mí son los que facilitarán el cambio, autoexigencia primero (arrimar el hombro) y exigir a los que más responsabilidad tienen después (por mucho que quiera la comunidad eclesial, si el párroco o el obispo reman en dirección contraria, desgraciadamente poco hay que hacer aquí en España).
Se despide un misionero que observa, como bien decía un misionero claretiano, que hemos convertido «la cena del Señor» en «un vil desayuno».