Vivir la fe en comunidad, taller y hogar

Nota previa:
Esta publicación va dedicada a quienes ya saben que va dedicada 🙂

Es posible que tú, que estás leyendo esto, estés en un grupo de fe o una comunidad. En adelante llamaré comunidad a ambos porque en ciertos aspectos un grupo de fe es una comunidad incipiente. Qué bello y sublime es reunirse cada semana o cada quince días, alrededor de la Palabra de Dios, para trabajar unos temas o sencillamente para compartir la vida, unidos por «un solo corazón y una sola alma»…

¡ ome! ¡Enseguida tu comunidad y tú tenéis un solo corazón una sola alma! ¡Que te pires! Si en tu grupo hay más cabritos que personas ¡vamos! Menos mal que somos cristianos, sino, más de uno habría clavado una puñalada otro, literalmente, y no sólo de manera retórica. Si más que cristiano, parece un grupo de chismosos organizados en bandos unos contra otros. Todo el mundo se queja de que no hay confianza para compartir de verdad la vida, que los demás no son de fiar como tú. Que hay mucha gente que quiere hacer daño…

¿Te suena de algo este párrafo anterior?

Yo soy religioso. Vivo en comunidad con hermanos que literalmente han entregado TODA su vida por el evangelio. Sí, literalmente, no hablo que la van a entregar como promesa, sino que tienen ya más de 80 años y han entregado TODA su vida es constatable. Y ni en broma tenemos «un solo corazón y una sola alma» así como se suele usar esa frase, de manera un tanto ideal o sublime. Sí que lo tenemos en lo esencial, el horizonte que nos ilumina al caminar es ese… pero el camino no es facil. No vivimos en el mundo de yupi . Habitamos el mundo real donde hay personas reales.

Yo diría que la comunidad actúa como taller y hogar.

Empecemos por la dimensión más bonita, hermosa y romántica. La comunidad como hogar. Lugar para «sentirse en casa». Donde uno puede ser él mismo sin ser juzgado. Lugar donde impera la verdad, no hay hipocresía. Cuando uno se eleva demasiado, te invitan a tomar asiento… cuando uno está demasiado hundido, te dan la mano para levantarte. Lugar de consuelo, lugar de apoyo fraternal. Sí, ésta es una dimensión esencial de la comunidad. Generalmente «se vende bien». Es la que se anuncia en el boca a boca o en la Parroquia. Es una dimensión vital para consolidar la fe, pues necesitamos a otros para caminar en el seguimiento de cristo, para que nos lleven cuando no podemos, para que nos den una voz cuando nos salimos del camino, etc. Sin embargo, si nos quedamos aquí, acabamos siendo un grupo de autoayuda.

Ahora bien querido lector o lectora. También hay otra dimensión que a algunos les coge desprevenidos cuando entran en los grupos. Una dimensión que causa muchas «bajas». Que no se anuncia ni se advierte y por ello, causa muchos sufrimientos. Es la dimensión de la comunidad como taller. ¿Un taller no es un lugar desagradable donde reparan las cosas que no funcionan? Correcto. La comunidad también funciona como un taller. En lugar de reparar cosas materiales, arregla más bien realidades que no funcionan dentro de ti.

¿Qué herramientas se usan? Decirte lo que no deseas oír. Probarte consciente o inconscientemente, de forma que experimentas los límites de los demás (sí, con toda la paciencia del mundo), y sobre todo, tus propios límites. No pongas esa cara, sí, que te estoy viendo ya decir: «!Con lo buena persona que yo yo!» Menos lobos, caperucita!!!!!

Nos descubrimos a nosotros mismos a través de los demás.

Nos descubrimos a nosotros mismos a través de los demás. Vemos que no somos tan pacientes como creíamos, ni tan humildes, ni perdonamos como creíamos que haríamos. En abstracto todo es muy bonito, pero en la realidad tenemos que bajarnos del burro de nuestro orgullo, nuestro rencor, nuestra propia imagen. Me recuerda a lo que se cuenta de un sacerdote dando unos ejercicios espirituales:

«Ahora cierra los ojos y piensa en que Dios te llama a amar al prójimo igual que él te ama, repite, “voy a amar a mi prójimo, voy a amar a mi prójimo”, muy bien, y ahora ponle rostro al prójimo, piensa en la persona con quien vives y no la soportas, el compañero de trabajo insufrible, el pesado de tu vecino, y di lo mismo «voy a amar a Fulanito».

En ese momento uno abre los ojos y dice: «Yo al prójimo sí, pero a Fulanito no porque… blablablablabla». En abstracto todo es muy bonito, somos muy buenos y amamos mucho a los demás. En lo concreto, con la persona concreta, dejamos de ser tan buenos y de amar tanto.

Así que querido lector o lectora, si aún no estás en una comunidad de fe o grupo, ¡te animo a ello! Que entres sabiendo que será un bello hogar, y un duro taller. Pero, ¿qué hay en la vida que merezca la pena y no requiera esfuerzo? Por otro lado, si ya estás en una comunidad o grupo de fe, por favor, toma un poco de perspectiva y asume que hay dos dimensiones de la comunidad para ayudarte a crecer como persona en el seguimiento de Cristo. Si sólo existe la de hogar, se convierte en un grupo de autoayuda complaciente. Si sólo existe la de taller, se convierte en un infierno insufrible. Ambas deben estar presentes, y con ambas se avanza seguros hacia lo que Dios quiera de vosotros.

Sin más se despide un misionero al que se le han quedado pequeños los cuentos de hadas comunitarios y está estrenando este curso nueva comunidad siendo hogar y taller :D!

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